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Bambi Kino

"En resumen... la Cafeína produce Disfunción Eréctil en un periódo relativamente corto de tiempo..."

Campanas

01 · 01 · 2013

Y me desmayé en la alfombra. Pero al otro día desperté de tal forma que pude salir de aquella casa para caminar al paradero. Debía volver luego de haber tomado vodka la noche anterior. Estaba bastante bien, solamente el sol me molestaba. Pera era una iluminación espléndida. De esas que se extrañan en la medida que avanza la estación. Aquella parte de la ciudad estaba algo vacía.

Era el mediodía. Me enteré gracias a las campanadas de la iglesia que sonaban. O retumbaban fuertemente entre los edificios y casas. Me hizo detenerme a mirar y a pensar en como ellas llamaban gente para que fueran al encuentro del culto. Pero no había nadie en las calles. No había a quién llamar. Si es que acaso las campanas tenían otra misión.

¿Para qué se usarían en un pueblo desierto si no había nadie quién las haría sonar? Pensando en eso me encontré esperando la micro. Recordé de alguna manera que en algunas partes las campanadas estaban grabadas, lo cual resultaba práctico para muchos sacerdotes. En todo caso estas me parecieron no provenían de un audio. Estaba casi seguro de que eran campanas reales.

Y en eso pasaron varios minutos. Nadie me acompañaba en el paradero y la locomoción parecía no venir. Y aunque lo hiciera me daría la impresión de venir de ninguna parte. Era extraño, pero sentía la sensación de estar lejos de la realidad. Como si de pronto hubiera despertado en una copia de la villa a la que había entrado la noche anterior.

Había llovido fuertemente mientras iba en dirección a la casa que me acogió. Parecía que esa lluvia sea había llevado mi conexión con el mundo real y me había dejado sólo esta ausenté materialidad. Entonces me hice la pregunta. ¿De dónde habían venido las campanadas? No recordaba una iglesia en las inmediaciones. Además a esta altura quedan pocas. Aún menos con campanarios.

Sentí el impulso de ir a buscar el origen de esos sonidos. Pero de primeras no atiné a moverme. Me sentía en un lugar desconocido en todo sentido. No era como sí estuviese en una parte que visitaba por primera vez. Era cómo si al doblar la esquina vería algo que no encajaba con mi concepción de que es real o no. Quizás las leyes de la física fueran diferentes aquí.

Tan solo atiné a mirar a mi alrededor con la cabeza llena de dudas. Las paredes me recordaban con nostalgia lo que ya había visitado anteriormente pero que ya me parecía ajeno. El cielo de un celeste puro, perfecto, me parecía una visión de algo demasiado concreto y planificado. La ausencia de personas le otorgaba paz al aire, pero me parecía extraño. En mi realidad era normal, por ende sentía un vacío.

El sol seguía quieto sobre mi cabeza. Era como si alguien lo hubiese puesto a propósito en esa posición para simular algo.

Era una realidad construida. Quizás era una realidad construida para retenerme. ¿Y si debía esperar eternamente la micro? ¿Y si trataba de volver? Era como sí intentar volver fuera imposible. Quizás alguien había cambiado ya la calle. O que alguien hubiera puesto un desierto en ese lugar.

Quería entrar en pánico pero no podía. Yo estaba en control, pero no por mi voluntad. Era un autómata en un mundo construido a propósito para retenerme. Y mis acciones también eran formuladas desde fuera. Sólo podía sentir ansiedad. Cuando de pronto llego la micro. Y sobre un asiento volví a desmayarme.

Destruye mi infancia
mis deseos y pensamientos
entra en mi cabeza y desgarra
lo que haya dentro.
No me dejes emociones
y dale vida a lo que había muerto
perfora hasta llegar mi pecho
y quédate con lo que me hace respirar
porque quiero creer que nada necesito
y déjame solo.

No sé y no entiendo.


Cuando mis papás se casaron mi viejo aún no terminaba la enseñanza media en un liceo técnico. Había entrado a estudiar Contabilidad aún no terminaba el quinto medio para sacar la especialidad.

Por mientras dejó de estudiar y se dedicó a trabajar con mi abuelo en la construcción porque, obvio, no quería seguir en el liceo. En el fondo a mi viejo no le gustaba lo que le había tocado. Pero era todo a lo que podía aspirar en aquel entonces. Pensar que un tipo de una familia humilde de Pichilemu estudiara en la universidad era una quimera. De hecho es muy probable que mi papá jamás se lo planteara como algo real.

Finalmente sacó la Contabilidad gracias a mi mamá. No es que ella haya estudiado por él pero logró hacerlo entender que era importante “ser algo más en la vida”. Mi vieja tenía la visión del sistema: que te vaya mejor está ligado a la remuneración que recibes por tu trabajo, y que entre mayor sea tu experticia al respecto mayores serán los beneficios que recibas. Vamos, neoliberalismo y ya está.

Es difícil explicar lo que significa mi mamá para el grupo familiar que forma ella con mi papá y yo. Sin ella no seríamos nada. Y no solo por ese aspecto anterior de superación, sino porque finalmente ella es nuestra guía espiritual o, como yo le digo, ella es la conciencia que ni mi viejo ni yo tenemos.

Por esa razón es que el matrimonio de ambos es un buen complemento. Mi papá no se queda atrás: tiene una dedicación a realizar su trabajo eficientemente que admiro. Y no es por el gusto a algo que no quería estudiar, es por nosotros.

La semana pasada me titulé. El camino que recorrí lo hice solo, lejos de ellos, lejos de mi casa. Pero el mérito no es mío. Es de los dos, porque si no fuera por mis padres yo no sería lo que soy. No pensaría que al menos debo saber hacer algo para ganarme la vida. O que hay cosas más importantes que el trabajo. O que la realización personal no pasa por tener mucho.

Esta no es una historia de esfuerzo de una familia que de a poco va teniendo más producto de su dedicación y emprendimiento. Esta es una historia de una familia que quiere ser feliz. Que trata de superar los obstáculos que le pone el sistema para serlo: pasar 19 años estudiando, tener que dejar la casa, endeudarse, etc. Todo porque el sistema obliga a eso, y para ser feliz hay que superar al sistema.

Por eso yo amo a mis viejos. Porque me enseñaron eso y me dejaron intentarlo a mi manera. A diferencia de mi papá yo elegí que estudiar y pude dedicarme, por ahora, a hacer cosas que me gustan.

Gracias, papás.

· 2 Notas

Hojas de libro

17 · 17 · 2013

         Era de las pocas veces que acompañaba a alguien a mirar ropa. De esas ocasiones tan solo una o dos no había sido con ella. Estaba en busca de una chaqueta de cuerina que había visto en otra ocasión. Mientras se probaba una de color café noté que aquel color le venía muy bien. Nunca antes la había visto vestida así, fue un lindo espectáculo. Sobre todo porque hacía mucho tiempo que no la veía.
         —Te queda muy bien el café —le dije.
         —Lo sé.
         En aquel momento me sorprendió la seguridad con la que dijo esas palabras y eso embelleció lo que veía.
         Se sacó la chaqueta y la volvió a colgar, no era la que buscaba, no era la definitiva. Finalmente seguimos caminando en medio de la ropa y de pronto se detuvo y me empezó a relatar algo que le había ocurrido.
         —El otro día salí a recorrer con mi hermana el centro. Me compré estos pantalones. Creo que si ahora mismo no estuviese buscando una chaqueta para comprarme me gastaría el dinero en pantalones. Mientras recorría con ella noté que un sujeto al frente de la calle caminaba al mismo ritmo que nosotras, sentí que nos estaba mirando por lo que me inquieté un poco. Un par de metros más adelante vi que mi hermana también estaba algo perturbada y me dijo que era por el tipo de al frente.
         Ella se detuvo y siguió mirando por unos instantes alguna prenda que tenía frente a sí por el simple hecho de hacerlo. Nada de otro mundo, el mero acto de mirar lo que está en ofrecimiento de una casa comercial.
         —En un momento decidimos parar y caminar hacia el otro lado de la calle, como para notar si el tipo nos estaba decididamente persiguiendo a nosotras. Y así fue. El hombre se dio la vuelta y caminó a nuestro mismo paso sin quitarnos nunca la vista de encima. En ese minuto me dio algo de miedo y ya estaba preocupada al respecto.
         —Que divertido.
         Al parecer este comentario no le importó o no lo notó en la más mínimo porque no reaccionó a él de ninguna manera. La verdad es que si me parecía algo divertido tener un posible psicópata o al menos alguien perturbado persiguiendo con la mirada a dos mujeres por la calle. Es un mundo de posibilidades. Además no había de que alarmarse, ella estaba frente a mi relatándome relajada aquel acontecimiento, no era posible que algo malo le hubiese ocurrido.
         —Había cerca unos carabineros, pero no les hablamos porque no creímos fuera importante en aquel momento. Al final entramos a una tienda. Esperábamos estar allí unos minutos y luego salir para perderlo de vista. Finalmente nos quedamos una hora y media y allí fue donde me compré estos pantalones. Sorprendentemente son talla 36. Yo siempre fui talla 38. No es que esté más flaca de lo que era, pero es la primera vez que me queda buena esta talla. Al salir de la tienda, ya no vimos nunca más al hombre.
         —Imaginé que el tipo era más psicópata como para esperar.
         Esta vez tampoco prestó atención a lo que le decía. Estaba muy concentrada en ella misma de una forma maravillosa, ella era su centro del universo. Hace un par de meses algo así me hubiese parecido imposible.
         —Me dio miedo en ese momento. No es que nos pudiera hacer algo. Estábamos en el centro. Era de día y había mucha gente. Pero su mirada y como nos perseguía era para sentirse un poco de esa manera —me dijo mientras avanzábamos entre la ropa.
         Al final seguimos hablando de otras cosas mientras íbamos a mirar otra tienda en el mismo centro comercial.


         —Me parecería genial que nos pudiéramos juntar alguna vez.
         —Sí, hace tiempo que no te veo, sería estupendo —le respondió a través del chat, no muy convencido de juntarse con ella pero con la necesidad de ser muy respetuoso.
         —Te busqué por Facebook más que nada por curiosidad, quise saber si ya habías terminado tu carrera y como te estaba yendo. Por lo que me cuentas va todo genial.
         —Bueno, al menos sigo aquí, jajaja —le respondió con esa especie de broma, de nuevo, para no parecer mal educado.
         Tal parece que a pesar de vivir encerrado le preocupa aún no ser mal educado con los demás. Es extraño considerando que no tenía trato con un ser humano en forma presencial hace unos dos años. Imaginó que el hecho de solo usar internet no lo ha vuelto un /troll/ o algo así.
         —¿Te parece que nos veamos este domingo? Tengo el fin de semana libre, así podremos hablar más. ¿Tienes tiempo?
         El tiempo le sobraba estando encerrado. Su tiempo solo lo dispone internet.
         —Sí, tengo tiempo el domingo.
         —¿Juntémonos en el lugar en donde nos íbamos después de clases en el colegio?
         De la misma forma que la recordaba, le gustaba tomar la iniciativa. No sería de extrañar que ahora fuera jefa de algo. Casi de inmediato al salir de la universidad, ya que tenía la personalidad para lograrlo.
         —Sí, te espero allí.
         Demasiados «sí» para una misma conversación. Quizás el tiempo en internet lo había vuelto lo suficientemente vulnerable como para no negarse a algo. Total, poner su aprobación en Facebook es bastante normal.
         Pero este no era el problema. Se preguntaba si estaba preparado para salir al mundo real luego de dos años. Es mucho tiempo solo y no había tenido la necesidad de hacer contacto con humanos. En realidad no había vuelto a tener el valor. No fue capaz de terminar la universidad a pesar de las expectativas que había en él. No fue capaz tampoco de perder la virginidad con nadie y tuvo pocas oportunidades de mujeres mientras estudiaba. Su vida lo decepcionó y decepcionó a los demás al punto de acobardarse lo suficiente para mantenerse en la pieza que arrendaba. Sí, podía pagarla. Trabajaba por internet y no era muy exigente para vivir con lo justo para pagar arriendo, comer e internet. Solo esperaba que el computador le rindiera la mayor cantidad de tiempo posible.
         Finalmente decidió que era una buena oportunidad para salir. En realidad no necesariamente buena, pero era una oportunidad. Tenía una excusa y podía aprovecharla. Aún tenía ropa decente que no solía usar en la pieza. Aquel domingo se vistió, lavó su cara y abrió la puerta. Aquella sencilla sucesión de acontecimientos significó para él un cambio radical en su estilo de vida durante dos años. Era como cuando un oficinista lleva toda una vida en un cubículo y de pronto es despedido, muy probablemente no sabrá que hacer a la mañana siguiente con tanto tiempo.
         Cuando estuvo en el exterior y el sol golpeaba fuertemente en su cara recordó, como si nada, el cambio de estación, la vida antes de la universidad. Se vi corriendo detrás de una pelota de fútbol. Vió a sus primos riendo. El respeto de ellos ante lo que representaba en ese momento. Recordó, de pronto, el gran peso que esto significaba para él. La responsabilidad no cumplir ante las expectativas y ante el deseo de los demás sobre lo que debía lograr. Recordó porqué la cobardía, el miedo que le producía que lo juzgaran por no lograr aquello que se había propuesto. O que le habían propuesto, daba igual. Tenía temor ante el mundo que lo había derrotado. Y no pudo caminar erguido. Pero no como la mayoría de las personas que tiene una pequeña joroba. No podía levantar la espalda.
         Evitó el transporte público para llegar al metro. Por suerte en las calles no andaban muchas personas por ser domingo así que logró que ellas pasaran desapercibidas para él. Ya eran cerca de 10 años desde la última vez que se juntaron en aquel lugar. Aunque había pasado por ahí antes no reparó en cuanto había cambiado. Estaba buscando una fuente de soda que ya no existía de una época que había sido arrancada como quien quita las hojas de un libro y la historia que habíamos leído de pronto ya no tiene sentido. Pero sin lugar a dudas ese era el lugar. Había llegado 15 minutos antes. ¿Sería ella capaz de reconocer aquel sitio de la misma forma que él? ¿Ella que había triunfado en la vida y probablemente no tuviera ya presente los detalles que él recordaba? ¿Y si no eran capaz de reunirse?
         Esta última idea fue un pensamiento algo decepcionante pero a la vez entregó una especie de escape a la incómoda situación que tejía en su cabeza. Era perder la oportunidad de tratar de liberarse de las ataduras de su patético miedo pero se le abría un camino de emergencia para volver a la seguridad de su pieza y su computador. Qué hacer. Decidió esperar, no le quedaba de otra ya que al vivir encerrado nunca necesitó celular. Cuando ya era la hora que habían acordado empezó a desesperarse un poco. Si se encontraban no sabría como reaccionar. Si no llegaba era porque el resultaba poco importante, debía volver a la comodidad de aquellos dos años. De pronto vio lo que pareció era su antigua amiga. Pero iba acompañada de otra mujer, algo más pequeña que ella pero de facciones similares. ¿Sería ella o tan solo era una coincidencia? Se preguntó si sería capaz de reconocerla. Se sintió idiota al creer que la podría reconocer fácilmente. Pero aquella mujer al otro lado de la calle se parecía demasiado. Creyó que si la seguía ella lo reconocería al menos y podrían encontrarse de forma casual, en apariencia. Empezó a caminar al ritmo de ellas pero en la vereda de al frente. Iban a paso firme, pero no rápido por lo que si imitaba el ritmo parecería natural. Pensó que si no las miraba demasiado nadie sospecharía de que estaba tratando de descubrir la identidad de la más alta.
         ¿Y si no era ella? Era de mala educación para él que lo esperaran. No podía disponer de esa forma del tiempo de los demás. Necesitaba descubrir si era ella o no así que no le importó dirigir su cabeza hacia las mujeres y mirarlas, mirarla a ella al menos. Abrió los ojos y trató de recordar con seguridad si era su antigua amiga o no. Con esas circunstancias si no era capaz de reconocerla al menos ella podría verlo y, esperaba que sí, lo notara ella a él. De pronto ellas aceleraron el paso y el igualó aquel ritmo casi por inercia. En esos momentos, en su cabeza, solo podía albergar una idea, y era que la mujer alta fuera la persona que el buscaba. En sus pensamientos albergó la idea de que se trataba de la persona que lo rescataría. Todos sus problemas podrían solucionarse si se giraba, lo miraba con cara de sorpresa y de pronto una sonrisa indicaría que lo habían reconocido luego de casi diez años de distancia. Las hojas del libro se reponían y la historia volvía a tener sentido para todos. En aquel ímpetu no le pareció extraño que las muchachas se dieran media vuelta y empezaran a caminar a la misma velocidad acelerada hacia el otro lado. El mantenía la cabeza en dirección a ellas. No prestó atención a nada más. No le importó el mundo a su alrededor. Vacío su cabeza de pensamientos y tenía un solo objetivo ante el cual perdió la cobardía. No sentía el peso del mundo que se había echado encima. Olvidó el pánico escénico a vivir. Y caminó.
         Pero no esperaba que ambas entraran de pronto a una tienda. Se detuvo y llegó frente al lugar. Miró como la gente entraba y salía realizando actos que para él resultaban extraños, como mirar ropa e interactuar libremente con el mundo. La seguridad con la que había perseguido a las mujeres de pronto se esfumó. Trató de entrar a la tienda pero tenía el tronco del cuerpo congelado y el corazón le latía a mil pulsaciones por minuto. Sintió que la presión sanguínea lo iba a hacer explotar de un momento a otro y la transpiración lo ahogaría como si estuviese dentro de un barril en el mar. Se sintió impotente ante sí mismo. Quería que alguien sacara un arma y le pusiera tres disparos en la cabeza. Cuanto antes, mejor.
         Empezó a caminar nuevamente. Cuando ya estuvo lo suficientemente lejos de la tienda empezó a darle vueltas a lo que había hecho. Esto era lo que mejor se le daba. Darle mil vueltas a las cosas. Más de las necesarias. Midió en su mente la decisión que tuvo para actuar en ese momento y la comparó con la sensación de impotencia que le generó no poder entrar en el mismo lugar que las muchachas. Quizás no vería nunca más a su amiga. No se sentía capaz de volver a hablar siquiera por chat para disculparse. ¿Qué diría? ¿Que se quedó dormido? ¿Que lo olvidó? No podía mentir de esa forma tan pobre. Había perdido las llaves para cerrar por fuera la puerta de su pieza.

         —¿Te compraste la chaqueta?
         —No, todavía no. En el mall que me queda cerca sigue sin llegar una como la que quiero y no he ido al centro —me dijo mientras tomaba un chocolate caliente.
         —Si quieres podemos ir ahora a buscar una.
         —No, hoy no tengo ganas de ver ropa —dijo esto mientras miraba atentamente la taza—. Cuéntame algo, dime que has hecho estos días.
         Pensé en que contestar. No es que tenga una vida muy interesante, además era la segunda vez que nos juntábamos luego de no vernos en mucho tiempo.
         —Escribí un relato con lo que me contaste sobre el tipo que te persiguió a ti y a tu hermana.
         Sonrió un poco con un gesto de interés.
         —¿En serio? ¿De que trata?
         —De un tipo que te persigue a ti y a tu hermana.
         —Pero dime más.
         —Bueno, en realidad el tipo persigue a tu hermana.
         —¿Por qué a mi hermana?
         —Bueno, porque cree que es otra persona con la que quedó de juntarse. Resulta que se trata de un sujeto que no sale de su pieza hace dos años porque se siente deprimido por no poder alcanzar metas que él y su entorno se pusieron. En el fondo, por no cumplir con ciertas expectativas que hay sobre su persona.
         —Ya.
         —Entonces no actúa con lo que nosotros entendemos como normal en público. Y se obsesiona, no con tu hermana, sino con lo que ella representa para él, la posibilidad de escapar de su pieza.
         Durante unos instantes pensó en lo que acababa de contarle. Al parecer evaluó que tan posible era lo que me había inventado para el tipo.
         —¿Cómo un Hikikomori?
         —Exacto, como un Hikikomori.
         Volvió a pensar unos segundos.
         —Me parece algo posible. Pero no creo que se trate de un Hikikomori. Obvio, es ficción. Pero me agrada la vuelta a la que llegaste.
         —Que bueno que te haya gustado.
         —Mándame el cuento para leerlo.
         —Okey.


         Siguió caminando y de pronto volvió al lugar en donde había estado la fuente de soda y se sentó delante de ella. Con las manos en los bolsillos pensó en que estaba caminando erguido. Antes de empezar a darle vueltas al asunto de su caminar una mano se puso en su espalda.
         —Hola. Han pasado algunos años.